La laptop, el IVSS y el “medicamento pa’ mi mamá”.

El título resume las pocas/muchas cosas que me han pasado los últimos días. Trataré de ser breve.

La laptop

Una buena noticia es que, dentro de quince días, comenzaré la universidad. Sí, después de un largo año de espera, paros, quema de cauchos y cursitos empezaré mi vida universitaria. Algo que me preocuaba desde hace exactamente un año era mi computadora, como bien se sabe, un ordenador es casi obligatorio para alguien que está en la uni. Tuve una fiel laptop que me duró poco más de tres años, regalada por mi padre y sustituyendo lo que hubiese sido una “inolvidable” fiesta de 15 años, esta compañera me ayudó durante mis tres años de educación diversificada en el liceo (QEPD). Btw, si alguien está interesado en una memoria RAM de 2gb, un flex nuevecito, un cargador (acer aspire 4710), o una fuente de poder me puede escribir. 

En diciembre del año pasado, mi mamá pidió un crédito para adquirir una nueva laptop, eso de la devaluación parecía algo casi de chiste. Se pagaron algunas cuotas hasta que la dura verdad había llegado, nos ofrecieron una Síragon de 6000 e íbamos a pagar como 10000, todo bien, es un crédito. En enero nos metieron gato por liebre, cuando ya se había cancelado la mitad del aparato (dicho sea de paso, mi mamá además de pagaran la computadora se estaba costeando las quimios), vienen y nos dicen que ya no hay de esos modelos pero que nos podían ofrecer otras de menor calidad, pero algo es algo. Molestas y decepcionadas pedimos la retribución del dinero, para luego enterarnos que una parte de lo que habíamos pagado se lo quedan ellos, un supuesto IVA del aparato que obviamente ellos nunca pagaron porque nunca lo compraron. Por pendejez no fuimos al INDEPABIS, ahí quedó. Una mala experiencia donde nos robaron sutilmente y aparte el maldito hijo de puta que nos atendió me trató como si tuviese algún tipo de retraso mental por no caer en sus marañas para comprarle algo caro y de mala calidad. Ya fue.

Dejé pasar el tiempo junto con dos devaluaciones, cada día iba viendo  como los precios de las laptops (no puedo comprar una de escritorio ya que vivo en un cuarto más diminuto que la capacidad cognitiva de Maduro) iban subiendo y mi poder adquisitivo iba bajando. Ahora veo como esa Síragon que en enero costaba 6000 cuesta en estos momentos casi 20000. Mi única opción rentable era comprarla por Amazon.

Amazon, la tierra prometida… Pero no para los venezolanos. Fue genial conseguir una laptop que cumplía mis expectativas en menos de U$D 400. Pero ahora aparecía otro obstáculo en el camino hacia la felicidad, ni a Will Smith le costó tanto. Yo no tengo la tan anhelada tarjeta de crédito. Como ven, cuando uno no tiene contactos, y apenas lleva dos meses trabajando la cosa se complica para conseguirla, para hacerles el cuento corto, después de mucho buscar (mentira, mi novio fue el que buscó) hallé una forma de tener la TDC bastante rápido… Pero, hoy recibí una buena noticia, un familiar me dará los 400 verdes su tarjeta, al fin algo bueno. Ya era justo.

Sin embargo, me puse a pensar, ¿y que pasa con todas esas personas que no tienen la misma suerte que yo? Me parece absurdo que en este país sea tan difícil comprar una lapt… No, olvídenlo, hay idiotas que compran iPhones 5c en 40 palos. Cambiemos de tema.

El IVSS

Nadie es inmortal y todos estamos expuestos a las enfermedades. Por suerte vivimos en un país donde la salud es pública, gratuita e incluyente… ¿o no?

Hace una semana me enfermé de gripe. El jueves, al ver que ya no tenía síntomas, me dispuse a tomar una ducha, me preparé mi cena y me acosté esperando trabajar enérgicamente el último día de la semana. Lastimosamente, ni siquiera pude dormir. Me había dado algo en el pecho, delicadamente lo llamaría acumulación de flema pero, en sí, estaba trancada de mocos. Llegué tarde al trabajo y me fui en la tarde para el IVSS (instituto venezolano de los seguros sociales).

Llegué a eso de las 3 a la cola, me dolía la cabeza, el oído y el pecho. Me anotaron. Noté que a todos les habían tomado la tensión menos a mí. Vi cómo el señor que estaba primero que yo pasaba. Le pregunté a la enfermera que estaba anotando cuántas personas faltaban para que yo pasara, le doy mi nombre y me dice “¡ay! pero no te has tomado los signos, ven para acá”, paso, con una habilidad increíble me pone la banda en el brazo con una mano y con la otra manda un mensajito desde su blackberry. Pasan 5 minutos, mi dolor de cabeza aumenta.  Llega otra enfermera y anota los signos. “¿Me toca esperar que todos pasen?” le pregunto; “no, ahoritica te toca a ti”.

Todo eso pasó en aproximadamente hora y pico. En ese mismo tiempo una señora me cuenta que estaba con su esposo (señor de unos 70 años) esperando para que lo hospitalizaran desde las 7 am, eran más de las 4 pm. “Paciencia, mija, paciencia”. Posteriormente llegó una muchacha, la ubicaron en una silla de ruedas, le tomaron los signos. “¿Edad?”; “18”; “¿Motivo de haber venido?”; “Me caí de unas escaleras”, viendo su cara de dolor, me sentí ridícula por mi dolor de pecho. Luego, escuché cómo la enfermera, con toda la indolencia del mundo replicaba: “Bueno, te vamos a remitir a un privado, porque ni aquí ni en ningún público hay material para realizar radiografías”. Maravilloso. La chica se fue con quien presumo era su padre, volvió con la radiografía y a mí aún no me habían atendido. “Epa, ¿cuánto falta?”; “Ahorita pasas después de la señora”, había una tipa que recién había llegado con dolor de oído. Inconscientemente puse cara de exterminio total de la raza humana. “Este… si quieres pasas ahorita cuando salga el que está aquí”; “Dale, sí va”. Sale el caballero; en lo que dura un parpadeo, cuando estaba levantándome la señora con dolor de oído pasa como un rayo al consultorio. “Ahoritica” me dice la enfermera con cara de mongoliquez. Ya estaba al borde del suicidio. A los 15 minutos paso. Diez minutos. Tres nebulizaciones. 60 minutos.

Luego de tres horas ya estaba en la farmacia con el récipe. Un antibiótico, un inhalador y un antialérgico. Mil fuertes. “Dos no los tenemos”. Afortunadamente, en otra farmacia mi novio consiguió un genérico igualito al antibiótico, 100 bolos. Terminó el mal día.

La chama de las escaleras la debía estar pasando peor.

Las busetas y las medicinas

Hoy, mientras iba en la buseta de regreso a mi habitación, saqué un billete de 50 para pagar el pasaje (3,50). “¿Vas a pagar con eso? me dice mi novio. Agarré el billete y lo estiré. Fue lamentable, ese billete significaba la mitad de mi sueldo diario, y a como tenemos el dolar, su valor era de poco más de un dólar americano, es decir, mi sueldo diario no llega a 3 dólares. Casi me pongo a llorar.

Cuando estamos apunto de pedir la parada se monta un joven de unos 25 años, arreglado y limpio. “Hola, buenas noches. Les vengo a pedir una pequeña colaboración. Necesito comprar un medicamento de blá blá blá” balbuceaba mientras sacaba unas carpetas con unos récipes. Sinceramente, alguien puede llegar con la mamá muriéndose desagrada en la buseta pidiendo para el taxi y mi mano es incapaz de temblar, ni para darle una moneda de 0.10. Y eso que una chapa de refresco vale más. Pagué mi pasaje y me bajé, no sin darme cuenta como algunos incautos sacaban su sencillito para la buena causa. Ya fuera de la unidad de transporte vi, de la forma más descarada, al mismo joven con otro, éste tenía una pinta inconfundible de drogadicto de esquina. Ya se habían repartido las ganancias. Lo más seguro es que en cinco minutos ellos dos hayan hecho más dinero que yo en 4 horas de trabajo. Mis 50 podían servir para limpiarme el trasero.

Abrí la reja de mi edificio y sentí como un largo día había culminado. Subí en el ascensor. Cuando éste llega a mi piso veo cómo un jove, también de unos 25 años, con voz rápida y agitada me pedía una colaboración para unos medicamentos. Puse la típica cara de pena por “no tener” para ayudarlo.  El resto es historia.

Reflexioné: Yo trabajo ocho horas, cinco días a la semana y mi sueldo no alcanza para nada (esos tres medicamentos implicaban un tercio del mismo) y unos droguitos hacen más plata que yo a costa de la lástima de los más toches para  comprarse su dosis diaria de felicidad… Aparentemente aquí hace más plata no el que más trabaja, si no el que más sabe aprovecharse de la ignorancia y de las ganas de sentirse bien consigo mismo del prójimo. Qué bueno es llegar a la casa con el alma pura por haber ayudado a un necesitado. ¿No?

Pero no pensemos en cosas malas… ¡AUMENTO PARA TODOS! Menos para ustedes, pensionados, jijiji. Ni para usted que no cobra cesta ticket, jijiji.